Malena Recalde
Redacción de Crece Hongos
Sobre la autora
Traduzco textos técnicos y de marketing para vivir, tengo treinta y un años y hace tres empecé a cultivar hongos gourmet en la mitad de un placard porque necesitaba un proyecto que no terminara en una pantalla. Vivo de alquiler en Rosario, en un departamento donde ese placard hace más de armario de cultivo que de guardarropa desde entonces.
El primer kit lo pedí un invierno gris y sin mucha plata de sobra, sin saber bien qué estaba haciendo. Lo acomodé entre los abrigos de invierno y lo dejé colonizarse. Colonizó perfecto. Después me olvidé de él ahí atrás más de una semana, y cuando lo encontré ya estaba seco como cartón. Primera tanda, primer fracaso, y la razón por la que empecé a anotar fechas y humedad en vez de confiar en la memoria.
La segunda tanda, de girgolas, fructificó de un día para el otro y me asustó en serio: abrí el placard antes del primer mate y había un ramo entero de sombreros que la noche anterior no estaban. Me las comí esa misma noche en un revuelto, todavía medio incrédula. El shiitake fue al revés, un tronco que no hizo nada visible durante meses hasta que un sábado cualquiera lo hizo todo junto.
Ahora reviso el higrómetro chino, pegado con velcro a la puerta del placard forrado con una bolsa de residuos, más de lo que debería confiar en un aparato así de barato, y abro la rendija de dos centímetros de abajo todas las mañanas antes de hacer cualquier otra cosa en casa. Gimena, colega traductora desde los tiempos de un coworking en el centro, me manda audios preguntando si el olor a tierra que se cuela al pasillo es normal. Valentina, la vecina de dos puertas más allá, me prestó su nebulizador el invierno que el mío se rompió y cada semana tiene una teoría nueva sobre por qué contaminan los hongos. Lourdes, amiga de la facultad que ahora vive en otra ciudad, todavía pregunta en serio si lo que cultivo es de lo que hace ver cosas. Nunca lo fue.
Lo que sé de cultivo lo aprendí mirando bolsas de sustrato acertar y arruinarse, no en un aula. Cuando algo sale verde y viscoso lo tiro entero sin pensarlo dos veces, y cuando cosecho algo que no reconozco del todo, se queda sin comer hasta que estoy segura de la especie. Esa es toda la autoridad que tengo acá: repetir el mismo gesto muchas veces y prestar atención a lo que cambia.
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