Crece Hongos

Trucos para controlar la humedad en el placard de cultivo

Trucos para controlar la humedad en el placard de cultivo

Empecé con esto de los hongos porque necesitaba algo que no tuviera una pantalla de por medio, algo que respirara. Pero claro, la primera vez que intenté cultivar en el depto, a mediados de agosto del año pasado, me salió todo al revés.

Aquel primer kit que se me hizo cartón

Me acuerdo patente: era un invierno de esos que te calan los huesos acá en Rosario, con el viento viniendo del río y yo encerrada con la estufa a pleno. Pedí un kit por internet, lo puse en el placard, lo abrí con toda la ilusión del mundo y después... bueno, después me olvidé. La vida de traductora freelance tiene esas cosas; te cae un glosario de quinientas páginas y te desconectás del mundo físico. Una semana después, moví mis tapados para buscar una bufanda y ahí estaba: mi bloque de micelio, que debería haber sido una promesa de cena, estaba tan seco y duro como un pedazo de cartón olvidado en la vereda. No había ni un rastro de vida, solo un bloque blanco amarillento que parecía pedirme por favor un vaso de agua.

Ese fue mi primer choque con la realidad del cultivo en departamento. Pensé que con dejarlo ahí alcanzaba, pero el microclima de un placard es traicionero. Mi abuela siempre contaba que en el campo, allá por Entre Ríos, ella salía a juntar hongos silvestres después de las tormentas, cuando el aire estaba tan pesado que casi se podía masticar. Ella no necesitaba higrómetros, solo el olor de la tierra mojada. Yo, en cambio, encerrada en un segundo piso por calle Pellegrini, tuve que aprender a fabricar esa tormenta artificialmente si quería ver una gírgola en mi plato.

Sustrato de hongos seco y agrietado olvidado en el fondo de un placard.

La paradoja rosarina: humedad afuera, desierto adentro

Lo más loco de cultivar acá es que Rosario vive sumergida en humedad. Salís a la calle y se te pega el pelo, las paredes transpiran, pero adentro de un departamento con calefacción, el aire se convierte en un desierto de Atacama. Durante las semanas de calefacción fuerte, el ambiente de mi placard bajaba a niveles que daban lástima. Las gírgolas (específicamente la Pleurotus ostreatus, para los que les gusta el nombre técnico) necesitan una humedad relativa óptima que ronde entre el 80% y el 95%. Si bajas de ahí, los primordios —esos honguitos bebés que parecen cabezas de alfiler— simplemente se rinden y se secan antes de empezar.

Mi higrómetro, uno de esos digitales económicos que compré por dos mangos y que sospecho tiene un margen de error de +/- 5% (siendo generosa), me marcaba 40% un martes a la tarde. Era una sentencia de muerte. Mi vecina, la que siempre me pregunta si estoy cultivando 'de esos que te hacen ver cosas' (que obviamente no, estos son para el revuelto de los sábados), me veía entrar con bidones de agua destilada y no entendía nada. No es tan simple como tirar agua; es crear una atmósfera. Si querés profundizar en cómo armar todo el circo en un espacio reducido, hace un tiempo escribí sobre cómo cultivar gírgolas en casa dentro de un departamento chico, donde cuento más sobre el espacio físico en sí.

Instalación de una bolsa de residuos negra como barrera de humedad dentro de un placard.

Del rociador compulsivo a la bolsa de residuos

Al principio caí en el error del principiante: el 'flis-flis'. Me la pasaba rociando el bloque cada dos horas como si fuera una obsesión. Pero el agua líquida sobre el hongo no es lo mismo que la humedad ambiente. Si lo mojás mucho, se pudre; si no lo mojás, se seca. Un equilibrio de locos. Entendí que necesitaba una barrera física. Ahí fue cuando forré media estantería del placard con una bolsa de residuos negra, de esas reforzadas. El plástico retiene lo que el aire se quiere llevar.

Acá entra mi pequeño truco personal: la bandeja con perlita. Compré una bolsa de perlita en el vivero de la esquina, la saturé con agua (sin que nade, solo que brille) y la puse en el fondo del placard. La perlita tiene una superficie de evaporación gigante. Es como tener un mini pulmón húmedo ahí adentro. Eso cambió todo. Empecé a notar que el aire, al abrir la puerta del placard, ya no se sentía seco, sino que tenía ese olor a tierra mojada y bosque que te transporta lejos del ruido de los colectivos de la avenida. Es una sensación increíble: abrís una puerta de madera en medio de un depto de dos ambientes y, por un segundo, parece que estás en el medio del monte.

Higrómetro digital marcando ochenta y cinco por ciento de humedad dentro de un cultivo casero.

La toalla mágica y el higrómetro que miente un poquito

Después de unos diez días de colonización, cuando el micelio está blanco y fuerte, es el momento crítico. Una tarde de lluvia en mayo, me di cuenta de que la perlita no alcanzaba porque el aire circulaba demasiado. Entonces apliqué el truco de la toalla: colgué una toalla de mano vieja, bien húmeda, cerca de la abertura de la bolsa de cultivo. Es física pura, o bueno, lo que yo entiendo por física después de un mate lavado a las doce de la noche. La toalla va soltando humedad de forma constante.

Ese día el higrómetro marcó 85% estable por primera vez. Casi lloro. Fue la misma tarde que el gato del depto de al lado, que siempre se las ingenia para meterse en el pasillo, aprendió a empujar la puerta del placard con la nariz. Menos mal que lo pesqué a tiempo, porque le encanta el olor a hongo y casi me deja sin cosecha. Por cierto, yo no soy bióloga ni médica, solo soy una hobbista que lee mucho. Siempre digo que antes de mandarte a comer algo que creció en tu placard, te asegures de que sea lo que compraste. Identificar bien es clave, y ante la duda, no se come. Si sentís que algo anda mal con tu salud por el ambiente húmedo, consultá con un profesional, porque respirar esporas en un lugar sin ventilación tampoco es joda.

Un error común que leí por ahí es poner bandejas con sal para 'controlar' la humedad. ¡Ojo con eso! La sal se usa para deshumidificar, para chupar el agua del aire. En un placard de cultivo, eso es veneno. Lo que queremos es saturar el ambiente, no resecarlo. La sal va a terminar matando el micelio porque le saca la transpiración necesaria para que el hongo crezca con fuerza. Queremos que el hongo respire, no que se convierta en una momia.

Toalla húmeda utilizada como truco casero para mantener la humedad en el cultivo de hongos.

Cuando algo sale mal: el fantasma verde

No todo es éxito y fotos para el grupo de WhatsApp. He tenido mis derrotas. La peor fue una vez que, por querer mantener la humedad a toda costa, cerré demasiado el plástico y me olvidé de la ventilación (el famoso FAE, Fresh Air Exchange). El aire se estancó. A los tres días, en vez de gírgolas, lo que tenía era una mancha verde neón que me dio un asco tremendo. Era Trichoderma, el moho verde. La sensación pegajosa y amarga de tener que embolsar todo ese bloque contaminado para tirarlo al contenedor de la esquina es una de las cosas más tristes de este hobby. Te sentís una mala madre de hongos.

La clave es que la humedad sea alta pero el aire no esté 'muerto'. Los hongos inhalan oxígeno y exhalan CO2, igual que nosotros. Si no ventilás, crecen con tallos larguísimos y sombreros diminutos, buscando aire desesperadamente. Es como si intentaran escapar del placard.

Para los que se animan con el Shiitake, el tema es un poco más técnico. Esos tronquitos son caprichosos. Necesitan un choque térmico para despertar. Yo suelo esperar a que la temperatura baje un poco, entre los 10°C y 20°C, y ahí los ayudo con un riego de agua bien fría antes de meterlos en su rincón húmedo. Pero eso ya es para cuando tenés un poquito más de paciencia, porque el Shiitake se toma su tiempo, a diferencia de las gírgolas que son unas ansiosas y te pueden explotar de un día para el otro.

Gírgolas frescas y saludables creciendo en un ambiente con humedad controlada.

Cenar el sábado de cosecha

Al final del día, después de renegar con el higrómetro y mojar toallas, llega ese sábado a la noche donde el esfuerzo rinde. Hay algo casi místico en cosechar un puñado de gírgolas perfectas, con ese color gris perla y la textura firme, y tirarlas directamente a la sartén con un poco de ajo y perejil. Ese revuelto, comido en el mismo depto donde crecieron, tiene un gusto que no se compra en ningún súper de Rosario.

Aprendí que el placard no es solo un mueble donde guardo los pulóveres de invierno; es un ecosistema que aprendí a respirar. No hace falta tecnología de la NASA, solo un poco de observación y entender que, a veces, una toalla húmeda y una bolsa de residuos bien puesta valen más que cualquier aparato caro. Cultivar es, básicamente, aprender a esperar y a cuidar que el aire siempre tenga ese rastro de lluvia, incluso cuando afuera la ciudad está seca y ruidosa.

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