Crece Hongos

Primeros pasos para la producción de micelio de setas en casa

Placard de departamento con frascos de centeno para spawn de grano y micelio casero, primeros pasos de producción propia

Todavía no tengo la respuesta exacta sobre cuántos frascos de dulce vacíos hacen falta para dejar de depender de un kit y animarte a producir tu propio spawn de grano, pero esta temporada junté un montón, lavados y esperando en la alacena, mientras afuera el viento sur reventaba contra la persiana. Llevo un tiempo con el cultivo de hongos en el placard, y en algún momento de este invierno se me metió la idea de que comprar kits ya colonizados era hacer trampa: que si de verdad quería mi propia soberanía fúngica, tenía que aprender a fabricar mi propio micelio casero, la semilla misma, con lo que tuviera a mano en un dos ambientes con wifi que se corta cada dos por tres.

¿Por qué quise fabricar mi propio spawn de grano en vez de comprarlo ya hecho?

Ya venía de una buena racha con el cultivo de gírgolas en departamento chico, con esos primeros pines que aparecen de la nada un día cualquiera y flushes enteros que no esperaba tener, pero todo eso salía siempre del mismo lugar: un kit comprado, con el sustrato y la semilla ya resueltos por otra persona. Me acuerdo de mi abuela contando que en el campo nunca compraban semilla nueva, guardaban lo mejor de la cosecha anterior y arrancaban de ahí. Esto es mi versión de esa costumbre, adaptada a un placard de dos por uno y a una traductora que junta las monedas donde puede. La idea me daba un poco de miedo: me imaginaba algo con más pulcritud de la que mi cocina, con los pelos del gato del vecino colándose bajo la puerta, tiene para ofrecer.

Frascos de vidrio reciclados con spawn de grano y micelio casero colonizando en un estante dentro del placard

Mi caja de plástico convertida en trinchera contra el moho

Armar la Still Air Box fue más fácil de lo que pensaba: un contenedor transparente dado vuelta, dos agujeros para meter las manos, cinta por los bordes para que no entre nada de afuera. No es un laboratorio de verdad, pero funciona como mi trinchera personal contra las esporas que flotan en el aire de Rosario. El enemigo, para los que cultivamos en un placard, tiene nombre: Trichoderma, ese moho verde que aparece de la nada y te tira semanas de espera a la basura. Desinfecto todo con alcohol: el contenedor, los frascos, mis propias manos, sin entender del todo la química, simplemente porque es lo que hace todo el mundo que cultiva así en su casa. Hay un momento, cuando estoy por inocular el grano con la jeringa, en que me agarro conteniendo la respiración, como si exhalar fuerte fuera a mandar mis propios microbios directo adentro del frasco.

A veces sueño con tener uno de esos filtros carísimos que usan los que cultivan en serio, pero después me acuerdo de lo que cuesta traer cualquier cosa a Rosario y se me pasa la fantasía. Por ahora mi caja de plástico y mi pulso de traductora trasnochada tienen que alcanzar.

Still air box casera armada con un contenedor de plástico para inocular spawn de grano de hongos en la cocina

Peleándome con la olla a presión los sábados a la tarde

Una tarde fría de mayo me tocó enfrentar a la bestia de la cocina: la olla a presión. Para esterilizar el sustrato de centeno y dejarle el camino libre al micelio que quiero cultivar, no alcanza con hervir agua un rato: hace falta llegar a una presión y una temperatura que maten cualquier cosa que se quiera comer el grano antes que mis hongos. No voy a fingir que entiendo la física exacta detrás de eso, solo sé que cuando la válvula empieza con ese tiki-tiki constante, voy por buen camino.

El sonido de esa válvula es la banda sonora de mis sábados, un tiki-tiki que todavía me pone los pelos de punta aunque ya sepa que la olla tiene mil válvulas de seguridad y no va a explotar. Lo peor no es la espera adentro de la olla, es después: dejar que los frascos se enfríen del todo antes de sembrar, porque si inoculás el grano caliente cocinás el micelio entero y chau proyecto. La paciencia nunca fue mi fuerte, pero los hongos enseñan rápido que el ritmo lo ponen ellos, no mi ansiedad de las diez de la noche por ver algo crecer.

Olla a presión de acero esterilizando sustrato de centeno para producir micelio casero en casa

Cambiar de táctica cuando la olla no alcanzaba

Acá me pongo un poco polémica, o al menos me salgo del librito clásico de micología. Después de tirar varios frascos porque igual se contaminaban, a pesar de toda la ceremonia de la olla, empecé a probar la pasteurización con cal hidratada para ciertos sustratos, un truco que encontré buceando foros a las tres de la mañana. No entiendo del todo la química que hay detrás, pero funciona: deja un ambiente que a las gírgolas parece gustarles y que a los mohos verdes les resulta más hostil. No la uso para la semilla inicial, ahí sigo fiel a la olla, pero para las etapas de expansión me salvó bastante la cabeza en un departamento donde cocino, duermo y de fondo siempre anda el gato del vecino. Si alguna vez se te pone todo feo, tengo anotado qué hacer si aparece moho verde en el sustrato de hongos, para salvar lo que se pueda.

También me compré, en algún momento de este proceso, un humidificador ultrasónico de esos baratos pensando que me iba a facilitar la vida. Lo único que logré fue mojar el sustrato en vez de humedecerlo, y terminé con una tanda empapada que no sirvió para nada. Lo tiré junto con la idea de que más tecnología siempre resuelve las cosas.

Ahora que tengo los frascos colonizados toca lidiar con la humedad para la siguiente etapa, algo que en su momento me costó bastante hasta que encontré unos trucos para controlar la humedad en el placard de cultivo que me salvaron este invierno; ese tema da para otra entrada, la verdad.

Sustrato de hongos mezclado con cal hidratada en un balde de plástico antes de sembrar el spawn

Lo que apareció en el pasillo antes de que amaneciera del todo

Para la cuarta semana el placard ya olía distinto, un olor dulzón, como a bosque húmedo, que se filtraba incluso con la puerta cerrada. Una de esas madrugadas en que salgo al pasillo medio dormida a tirar la basura, me cruzo con Facundo, el vecino, parado ahí con cara de estar oliendo algo raro. Me pregunta qué es ese olor que llega hasta su puerta y yo, todavía en piyama, termino contándole toda la historia del placard convertido en laboratorio casero. Una semana después me manda una foto: se había comprado su propio kit de gírgolas. Durante como tres semanas seguidas me tuvo al tanto todos los días de cómo iba su tanda, con una dedicación que yo ni tuve las primeras veces.

Esa misma tanda, cuando por fin abrí uno de los frascos de mermelada que había reciclado para el spawn, tuve mi pequeño mundial personal ahí en la cocina: nada de manchas raras, solo esa red blanca y algodonosa que se había comido cada grano de centeno. El higrómetro marcaba un ochenta y ocho con la lucecita justo en el verde, algo que por primera vez sentí que me había ganado a pulso. Le mandé una foto a Lourdes, mi amiga de la facultad, que desde que empecé con este quilombo me contesta cada entrada nueva con un sticker de algún hongo bailando o poniendo caras raras.

Primer plano de micelio casero blanco y sano colonizando el grano de centeno dentro del frasco

Si hay algo que me llevo de este tramo con la olla, el alcohol y la cal, es que la paciencia se entrena tanto como se entrena la mano para sembrar sin temblar. No hace falta un laboratorio para producir tu propio spawn de grano, hace falta bancarte las tandas que se arruinan y seguir probando con la siguiente. Cuando ese revuelto de gírgolas llegó al plato un sábado a la noche, con Facundo mandándome fotos del suyo desde el piso de arriba, lo que tenía servido no era solo semilla propia: era la costumbre de no depender de nadie más para arrancar de nuevo cada vez que algo se echa a perder. No soy bióloga ni productora seria, solo una piba que quería ver algo vivo pasar en un rincón de su departamento, así que si vas a comer algo que cultivaste, identificalo bien y, ante la duda, no te la juegues.

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