
Es sábado a la noche en Rosario y acá estoy, con el mate que ya se enfrió por tercera vez, escuchando el ronroneo del gato del depto de al lado que insiste en rascar la pared porque sabe que algo está pasando detrás de la puerta de mi placard. Abrí la puerta hace un rato para ventilar y ese aroma a tierra húmeda, a bosque encerrado en dos metros cuadrados, me pegó en la cara de una forma que ni el café más fuerte logra un lunes a la mañana. Es una locura pensar que hace apenas diez meses, a finales del invierno pasado, lo único que había en ese estante eran mis camperas de lana con olor a naftalina y un par de cajas vacías que nunca me decidí a tirar.
Entre mis tapados y el olor a tierra mojada
Vivir en un departamento de un ambiente y medio es un ejercicio constante de tetris. Cuando me agarró la locura de querer ver algo vivo que no fuera un archivo de Word en la pantalla, pedí mi primer kit. Me llegó una caja marrón, pesada, con una bolsa de sustrato de unos 2 kilos que se sentía compacta y misteriosa. No soy bióloga, ni tengo un campo como mi abuela, que siempre cuenta que en sus épocas salía a buscar hongos silvestres por el pastizal después de la lluvia; soy una traductora freelance que quería un proyecto que no tuviera píxeles.

El primer lugar que se me ocurrió fue el placard. Parecía lógico: oscuro, resguardado, fuera del paso. Pero cometí el error de principiante de dejarlo justo detrás de los abrigos largos. Me olvidé de que estaba ahí durante una semana entera. Cuando me acordé y corrí las perchas, el bloque se había secado tanto que parecía un pedazo de cartón viejo. Ahí aprendí que, aunque el hongo no necesita sol, sí necesita que te acuerdes de que respira. Por suerte, hay formas de recuperar un bloque de cultivo seco por falta de riego, pero esa primera decepción me enseñó que el mejor lugar no es solo el que está vacío, sino el que podés monitorear sin tener que hacer contorsionismo.
El experimento de la bolsa de residuos y el higrómetro chino
Para la segunda tanda de gírgolas, que llegaron hace un par de meses cuando el otoño empezó a ponerse serio en Rosario, me puse más técnica (dentro de lo que permite mi presupuesto de inquilina). Forré la mitad inferior del placard con una bolsa de residuos negra, de esas grandes de consorcio, para que la humedad no me arruinara la madera del depto. La vecina me vio entrar con las bolsas y me preguntó con esa cara de sospecha si estaba cultivando 'los que hacen ver cosas'. Le tuve que explicar, un poco colorada, que solo eran gírgolas para la cena, que no había nada místico en mi placard, solo ganas de comer rico.

Instalé un higrómetro barato que compré por internet. Esos aparatitos chinos que te dicen la humedad y la temperatura con una precisión que yo elijo creer, aunque a veces dudo. Para que las gírgolas fructifiquen felices, trato de que ese numerito se quede entre el 80-90% de humedad. Es una batalla constante contra la calefacción del edificio que seca todo. Me paso el día rociando con el atomizador, imaginando que soy una nube pequeña en medio del living. Durante la etapa en que el micelio coloniza, trato de que la temperatura esté entre los 20-24 grados, que es cuando se sienten más cómodos para avanzar sobre la paja o el aserrín.
Por qué el placard a veces es una trampa de aire
Acá es donde mi diario de cultivo se pone un poco trágico. Todo el mundo te dice que el placard es el lugar ideal, pero nadie te habla del intercambio de aire. Una tarde calurosa de verano, noté que mis hongos estaban creciendo raros. Tenían tallos larguísimos y sombreros diminutos, como si estuvieran estirándose desesperados por algo. Resulta que el exceso de dióxido de carbono (CO2) en espacios tan cerrados deforma los hongos. Estaban pidiendo aire a gritos y yo los tenía encerrados con mis bufandas.

Y después está el drama del moho verde. La famosa Trichoderma. Me pasó durante las semanas más húmedas de primavera: abrí la bolsa y en lugar del blanco inmaculado del micelio, vi una mancha verde brillante, casi fluorescente. Es una derrota silenciosa. Sentí una vergüenza enorme, como si le hubiera fallado a un bicho vivo. Tuve que bajar al contenedor de la esquina con la bolsa negra, escondiéndola como si fuera algo ilegal, porque una vez que el verde aparece, no hay vuelta atrás; hay que descartar todo para que no infecte el resto del ambiente.
Si estás pensando en arrancar, te recomiendo mirar cómo empezar un cultivo de hongos con bajo presupuesto en casa antes de gastar en estanterías caras. A veces, la solución es simplemente dejar la puerta del placard un poquito abierta o buscar una estantería que ya tengas y darle un nuevo propósito.
El rincón que junta humedad (y aire)
Después de varios intentos, entendí que el mejor lugar en mi departamento no era el placard cerrado a cal y canto, sino una estantería abierta en el rincón que junta humedad, cerca de la ventana pero lejos del sol directo. Los hongos no son plantas verdes, no hacen fotosíntesis, pero necesitan un poco de luz (la suficiente para leer un libro, dicen los que saben) para saber hacia dónde crecer. En ese rincón, el aire circula mejor y las gírgolas salen con sombreros anchos y carnosos, como orejas grises que brotan de la nada.
No soy profesional de la salud ni tengo formación en micología, así que siempre repito lo mismo: si algo que creció en tu casa se ve raro, huele a podrido o no estás segura de qué es, no lo comas. Yo me guío por el olfato; un cultivo sano huele a bosque después de la tormenta, a algo fresco y potente. El tacto frío y aterciopelado de una gírgola recién cosechada, cuando afuera el aire de Rosario está seco y cortante, es una de las sensaciones más lindas que me dio este hobby. Es un contraste total con la textura del teclado donde paso diez horas por día.

La cena de un sábado cualquiera en Rosario
Hoy la cosecha fue generosa. Un puñado de gírgolas que salieron perfectas, sin manchas, firmes. Las corté con cuidado, sintiendo ese ruidito seco que hacen al desprenderse del bloque. No hace falta ser una experta para disfrutar esto; solo hace falta paciencia y aceptar que a veces las cosas no salen. Si alguna vez te preguntaste cuándo es el momento exacto para sacarlas, escribí hace poco sobre cómo saber cuándo cosechar gírgolas en casa para el mejor sabor, que es básicamente cuando el borde del sombrero empieza a aplanarse pero no se curva hacia arriba.
Ahora voy a apagar la compu. Voy a saltear estos hongos con un poco de ajo y perejil para hacerme un revuelto mientras escucho el ruido de la calle. No tendré un patio, ni un jardín, ni un laboratorio, pero en ese rincón de mi departamento de alquiler, logré que algo vivo sucediera. Y eso, después de un día entero traduciendo manuales técnicos, me devuelve un poco el alma al cuerpo. Si tienen un rincón libre, prueben. Total, lo peor que puede pasar es que terminen bajando una bolsa negra a la basura con un poco de culpa, pero lo mejor... lo mejor es el aroma a bosque en el medio de la ciudad.