Crece Hongos

Por qué mis hongos salen con tallos largos y finos

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Eran las once de la noche de un sábado cualquiera, de esos donde el mate ya está más frío que el balcón y el silencio del edificio te deja escuchar hasta el ascensor del fondo. Me acerqué al placard, ese rincón que logré conquistar entre mis tapados y las cajas con apuntes de traducción que nunca voy a volver a leer, y abrí la puerta despacito. Esperaba encontrarme con esos sombreros grises, anchos y firmes, como orejas brotando de la bolsa. Pero no. Lo que vi me dio una mezcla de impresión y lástima: unos fideos blancos, largos y flacos, que se retorcían buscando algo que yo no les estaba dando. Parecían alienígenas asfixiándose en cámara lenta.

Aclaración chiquita antes de seguir: en este cuaderno hay enlaces con etiqueta de afiliado. Cuando alguien termina comprando un curso o un kit por uno de esos enlaces, la plataforma me pasa una parte chica de la transacción —a quien compra el precio le queda igual—. Esa entradita es lo que paga el sustrato, las tandas que no salieron y los sábados que dedico a escribir estas notas desde el placard. Todo lo que menciono acá es porque lo probé en mi búnker de cultivo entre diccionarios y humedad.

La noche que mis gírgolas se convirtieron en fideos

Esa tanda de gírgolas grises venía de una bolsa de residuos que yo juraba que estaba perfecta. Había controlado la temperatura —estaba en esos 15-24°C que dicen los libros que es el punto dulce para que arranquen— y mi higrómetro barato, ese que compré por dos mangos y al que le rezo todas las mañanas, marcaba una humedad del 80-90%. Estaba chocha. Me sentía la reina del cultivo urbano en Rosario.

Pero ahí estaban. En vez de esos sombreros gloriosos que después terminan en un revuelto con un poquito de ajo, tenía tallos de casi diez centímetros y una puntita mínima arriba que apenas si se podía llamar hongo. Parecía que estaban haciendo un esfuerzo sobrehumano por estirarse. Me quedé un rato mirándolos, mientras el gato del departamento de al lado —que ya aprendió a abrirme la puerta del placard con el hocico si me descuido— se asomaba con la misma cara de confusión que yo.

El misterio del placard cerrado y el aire que no corre

Resulta que los hongos, aunque parezcan plantas quietas, respiran. Y respiran un montón. Como yo no soy bióloga ni mucho menos, me costó entender que el problema no era lo que les daba (agua y oscuridad), sino lo que les estaba quitando: oxígeno. En mi afán por mantener esa humedad constante de 80-90% para que no se me secaran como la primera tanda que perdí el invierno pasado, dejé el placard demasiado sellado.

Lo que pasa adentro de esa bolsa de consorcio es que el micelio, mientras crece y digiere el cartón o la paja, libera dióxido de carbono. En un ambiente tan chico y cerrado, el CO2 se empieza a acumular. Cuando ese nivel de CO2 pasa las 1000 ppm (partes por millón, un número que suena a laboratorio pero que básicamente significa 'aire viciado'), el hongo entra en pánico. Su instinto le dice que, si el aire ahí abajo está tan cargado, tiene que estirarse hacia arriba, hacia donde sea que haya una corriente de aire fresco para soltar sus esporas.

Es lo que en botánica llaman etiolación, pero para mí era simplemente que mis gírgolas se estaban ahogando en su propio aliento. Mi vecina, la que una vez me preguntó si estos eran 'los que hacen ver cosas' (le tuve que explicar mil veces que son solo para comer, que no hay viajes místicos acá, solo sabor a hongo), me vio el otro día sacando la bolsa al lavadero y me preguntó si estaba criando pulpos. Así de deformes estaban.

El dilema del aire acondicionado en los departamentos rosarinos

Acá es donde la cosa se pone difícil para los que cultivamos en departamentos. En Rosario, o te morís de calor o te morís de frío, y el aire acondicionado es nuestro mejor amigo y peor enemigo. El aire acondicionado reseca todo. Si yo abría el placard para que entrara oxígeno, el aire del ambiente —reseco por el clima o el aparato— me bajaba la humedad a la mitad en cinco minutos.

Entonces, mis pobres hongos estaban en una encrucijada: o se morían secos con aire puro, o crecían como fideos en su sauna privado de CO2. Fue un equilibrio que me llevó varias semanas entender. Me acordé de mi abuela, que me contaba que en el campo ella buscaba los hongos después de la lluvia, pero siempre donde corría una brisa, nunca en el fondo de un pozo estancado. El hongo quiere humedad, sí, pero no quiere estar enterrado vivo en aire viejo.

Para mejorar esto sin gastar una fortuna, tuve que aprender cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos. No es ciencia espacial, es básicamente entender que el aire tiene que rotar. Si vivís en un monoambiente, esto es un desafío doble porque no querés que todo el depto huela a bosque húmedo (aunque a mí me encanta ese olor a tierra mojada), pero tampoco podés dejar que el placard sea una tumba de plástico.

Dejar de ser espectadora y empezar a entender el micelio

Después de tirar esa tanda de fideos blancos —porque la verdad, eran puro tallo duro y casi nada de sabor—, me di cuenta de que comprar kits armados estaba bueno para empezar, pero me dejaba con muchas preguntas. No entendía por qué el hongo se comportaba así. Fue ahí, una tarde de lluvia hace unos meses, cuando decidí que quería saber más sobre cómo funciona el bicho desde adentro.

Me anoté en un curso sobre Producción de Micelio de Setas [El que probé]. No es que quiera ponerme una fábrica, pero entender cómo el micelio coloniza el sustrato me dio la pauta de cuánta energía gasta el hongo en 'buscar' aire. El curso está enfocado en gírgolas y shiitakes, nada de cosas raras de laboratorio, sino para gente como yo que tiene un rincón en el placard y quiere que lo que salga se parezca a un hongo de verdad.

Aprendí que el micelio es capaz de digerir hasta el cartón de las cajas de mudanza, algo que me vino bárbaro porque en mi edificio siempre hay cajas dando vueltas. Pero también entendí que si el micelio no tiene un intercambio de aire fresco (lo que los que saben llaman FAE), el fruto va a salir deforme siempre. Podés tener la mejor genética del mundo, pero si no ventilás, tenés fideos.

Pequeños ajustes que cambiaron todo

Empecé a aplicar lo que veía en los videos del curso y mis propias observaciones de 'diario de placard'. No soy médica ni experta en seguridad alimentaria, así que siempre digo: si algo sale verde o tiene un olor que te hace arrugar la nariz, tiralo. Consultá con alguien que sepa antes de mandarte una ensalada de algo que no reconocés. Pero si el problema es solo la forma, acá te cuento lo que yo hice:

Noté que al mejorar esto, los tallos empezaron a salir más cortos y los sombreros empezaron a expandirse como paraguas. Es una satisfacción increíble ver que el hongo se siente 'cómodo'. No sé si es idea mía, pero hasta el color gris se ve más intenso ahora que respiran bien.

¿Vale la pena tanto lío por un puñado de hongos?

A veces me pregunto qué pensaría mi abuela si me viera abanicando un placard lleno de plástico negro en el medio de la ciudad. Ella los juntaba en el campo, bajo los talas, sin preocuparse por los ppm de nada. Pero para mí, ver algo vivo que depende de cómo entiendo su respiración me saca un poco de las entregas de traducciones y de las pantallas que me queman los ojos todo el día.

El cambio de enfoque fue total cuando dejé de depender de los kits que venían ya inoculados. Empecé a ver que comprar micelio de setas de calidad mejoró mis cosechas muchísimo, porque sabía exactamente qué cepa estaba usando y cómo reaccionaba al frío de mi departamento. Además, me sale mucho más barato, algo fundamental cuando sos freelance y el mes viene flojo.

Ojo, no todo es éxito. Hace poco tuve que tirar una bolsa entera porque me olvidé de ventilar un fin de semana que me fui a visitar a mi familia y cuando volví, el olor a podrido salía por las rendijas del placard. Pero de eso se trata este hobby, de ir aprendiendo el ritmo de estos bichos que no son ni plantas ni animales.

El primer revuelto 'con forma de hongo'

Hace unas semanas tuve mi recompensa. Coseché una tanda de gírgolas que tenían el tamaño de mi mano. Sombreros carnosos, tallos cortitos y firmes. Nada de fideos alienígenas. Las comí esa misma noche en un revuelto con huevos de campo y un poco de perejil. El sabor es otra cosa cuando el hongo creció feliz, respirando aire puro (bueno, lo más puro que se puede en el centro de Rosario).

Si te está pasando esto de los tallos largos, no te desesperes. No es que tus hongos sean 'malos' o que no tengas mano verde (que técnicamente no necesitás acá). Es solo que te están pidiendo un poco de aire. Abriles la puerta, sacalos del encierro, y vas a ver cómo cambian.

Si querés dejar de adivinar y aprender a manejar todo el proceso, desde el sustrato hasta el micelio propio, te recomiendo mucho que le pegues una mirada a este curso de producción de micelio. A mí me sacó ese miedo de 'estar haciendo todo mal' y me dio las herramientas para entender qué estaba pasando en ese rincón oscuro de mi casa. No te vas a hacer millonario, pero te aseguro que la primera vez que comas algo que vos misma hiciste nacer de un pedazo de cartón y un poco de aire, no volvés a comprar un hongo de bandeja en el súper nunca más.

Ahora me voy a preparar otro mate, que este ya se lavó, y a ver si el gato no me volvió a abrir el placard. Cultivar en un departamento es una batalla constante por el espacio y el oxígeno, pero cuando ves esos sombreros grises asomar, vale cada minuto de abanico manual.

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