Crece Hongos

Cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos

Cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos

Fue una tarde de lluvia en mayo, de esas que Rosario se pone gris y el departamento junta esa humedad que se siente en los huesos, cuando abrí el placard y me pegó el olor. No era el aroma a tierra mojada y bosque que tanto me gusta de las gírgolas, sino algo pesado, rancio, como de ropa que quedó amontonada húmeda mil años. En ese momento, entre mis sacos y una bolsa de residuos que hace de aislante, entendí que mis hongos se estaban ahogando en su propio rincón.

Una tarde de lluvia y ese olor a 'viejo' que no era bosque

Estaba terminando de traducir un manual técnico aburridísimo sobre válvulas industriales cuando me levanté a calentar el agua para el mate. Me acerqué al placard, donde tengo mi 'laboratorio' improvisado, y la primera señal fue el olfato. El aire ahí adentro estaba estancado. Los hongos, aunque no lo parezca cuando los ves ahí quietitos, respiran oxígeno y exhalan dióxido de carbono, igual que nosotros cuando nos encerramos en una habitación sin abrir las ventanas.

Ese exceso de CO2 es el enemigo silencioso del cultivador de departamento. En un espacio tan chico como medio placard, el gas se acumula en el fondo porque es más pesado que el aire. Yo pensaba que con abrir la puerta un ratito a la mañana alcanzaba, pero me equivoqué feo. La falta de circulación es la invitación perfecta para que todo se pudra. Esa tarde, la frustración de ver una bolsa entera de micelio volverse verde por falta de circulación de aire fue total; tuve que bajarla al contenedor de la calle, escondiéndola bajo otros residuos para que el encargado no me mire raro preguntándose qué era esa cosa peluda.

Gírgolas con tallos largos y sombreros pequeños por falta de oxígeno

Cuando las gírgolas te piden aire a gritos (literalmente)

A mediados de junio, la segunda tanda de gírgolas me dio el diagnóstico visual que me faltaba. Las gírgolas (Pleurotus ostreatus para los que saben, o mis 'orejitas' para mí) suelen tener sombreros anchos y tallos cortos. Pero las mías estaban rarísimas: parecían fideos, con tallos larguísimos y unos sombreros diminutos en la punta, como si estuvieran estirando el cuello buscando algo. Estaban buscando oxígeno desesperadamente en el rincón del placard.

Resulta que cuando los niveles de CO2 superan los niveles óptimos para fructificación (que deberían ser menos de 800 ppm), el hongo entra en pánico. En lugar de gastar energía en hacer un sombrero carnoso para soltar esporas, la gasta toda en crecer hacia arriba para intentar salir de esa 'nube' de gas carbónico. Es lo que algunos llaman el fenómeno de 'pie peludo' o estiramiento excesivo del estípite. Mis hongos estaban sufriendo y yo, con el mate en la mano, me sentía una pésima madre de setas.

Para evitar que esto pase, es fundamental entender que limpiar el lugar de cultivo de hongos para evitar problemas no es solo pasar lavandina, sino también asegurar que el aire se renueve. Si el aire no se mueve, las esporas y las bacterias se asientan, y ahí es donde el moho verde te gana la batalla en una noche.

El fracaso del cartón y el higrómetro que miente un poquito

Mi primera solución fue de lo más precaria. Empecé abanicando el placard con una tapa de caja de cartón tres veces al día. Me sentía ridícula, ahí parada frente a mis abrigos, dándole aire a una bolsa de plástico. Pero la vida de freelance es traicionera; te llega un pedido urgente, te pasás diez horas frente a la pantalla y te olvidás de que los hongos existen. La constancia falló y las gírgolas volvieron a salir con forma de espagueti.

Además, mi higrómetro chino, ese aparatito que me costó dos mangos y en el que confío más de lo que debería, me marcaba una humedad perfecta. Pero claro, el sensor estaba en un rincón donde no circulaba nada. Después aprendí que el margen de error de higrómetros hogareños económicos suele ser del 5%, lo cual parece poco, pero en el microclima de un placard es la diferencia entre un hongo sano y una colonia de moho. El aparato me decía que todo estaba bien mientras mis gírgolas se asfixiaban en cámara lenta.

Higrómetro digital económico midiendo la humedad en un placard de cultivo

Mi pequeño Frankenstein: un ventilador de notebook y ciclos de aire

Después de dos semanas de humedad alta y resultados mediocres, decidí ponerme un poco más técnica, dentro de mis limitaciones. Rescaté un ventilador USB de 5V de una vieja base de notebook que ya no usaba. Lo colgué con unos precintos de la barra del placard, apuntando hacia abajo pero no directamente a los hongos, porque si el aire les pega de lleno los seca en un ratito.

Acá es donde entró mi gran descubrimiento, algo que leí por ahí en un foro de trasnochados y que me cambió la cosecha: la ventilación constante es un error común. Si dejás el ventilador prendido todo el tiempo, la humedad se te escapa y los primordios (los honguitos bebés) se mueren antes de nacer. Para maximizar la producción, es mejor aplicar ciclos de intercambio de aire controlados que imiten los cambios de presión atmosférica natural. Yo empecé a prenderlo diez minutos cada tres o cuatro horas. No soy bióloga ni nada parecido, pero sentí que el placard empezaba a 'respirar'.

La guía estándar dice que necesitás entre 4 a 8 intercambios de aire fresco (FAE) por hora. En un placard, eso es un montón. Al principio me daba miedo que el gato del depto de al lado, que siempre chusmea cuando abro la puerta, se metiera, pero el ventilador es tan silencioso que ni lo nota. Es más, el zumbido casi imperceptible del ventilador USB vibrando contra la madera del placard en el silencio de la madrugada se volvió parte de la banda sonora de mi departamento, junto con el ruido de la heladera.

Ventilador USB reciclado instalado en el techo de un placard de cultivo

El sábado de los sombreros anchos y el revuelto perfecto

Una mañana de julio, después de implementar los ciclos de ventilación, abrí el placard y casi doy un salto. Había una tanda de gírgolas que habían salido perfectas. Sombreros anchos, de un gris azulado hermoso, firmes y carnosos. Ya no eran fideos tristes buscando aire; eran hongos de verdad, de esos que te cobran una fortuna en las ferias orgánicas de Pichincha.

Esa noche me hice un revuelto. Corté los hongos con la mano, sintiendo esa textura elástica y fresca, y los tiré a la sartén con un poco de ajo y perejil. Mientras comía, pensaba en lo loco que es que algo tan simple como un ventilador viejo pueda cambiar tanto la vida de un organismo. A veces me pregunto si el micelio que compro tiene algo que ver con cómo aguantan estas faltas de aire, y la verdad que por qué comprar micelio de setas de calidad mejoró mis cosechas es algo que todavía estoy procesando entre mate y mate, porque la genética ayuda, pero si no les das aire, no hay milagro que valga.

Cosecha fresca de gírgolas sanas con sombreros anchos sobre un plato de madera

Si estás probando cultivar en un rincón de tu casa, no te castigues si la primera tanda sale rara. Yo no tengo un laboratorio, soy una rosarina que alquila y que quería ver algo vivo crecer entre sus sacos de invierno. Solo acordate: los hongos respiran como nosotros. Si sentís el aire pesado, ellos también. Un ventiladorcito, un poco de maña con los horarios y vas a ver cómo el placard se convierte en un pedacito de bosque. Eso sí, si ves algo que no sabés qué es, no lo comas. Identificá bien y ante la duda, preguntale a alguien que sepa de seguridad alimentaria, que yo solo soy una traductora con un hobby húmedo.

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