
Esa tarde de febrero en Rosario el aire estaba tan pesado que se podía cortar con un cuchillo, pero cuando abrí la puerta del placard, el golpe de calor se me olvidó de golpe. Entre mis tapados de invierno, que descansaban en la oscuridad, brotaba un rosa neón casi artificial, un color que no debería existir en un rincón de un departamento de calle Pellegrini. Era mi primera tanda de gírgolas rosas explotando de vida mientras el resto de la ciudad se derretía.
Antes de seguir con esta bitácora, una aclaración chiquita para los que recién llegan: en este rincón hay enlaces con etiqueta de afiliado. Cuando alguien termina comprando un curso o un kit por uno de esos links, Hotmart me pasa una comisión de la transacción, pero a vos el precio te queda exactamente igual. Esa entradita es la que me permite comprar el sustrato, reponer las tandas que se me ponen feas y dedicarle tiempo a escribir estas notas desde mi placard. Todo lo que menciono acá lo probé yo misma, con mis propios errores y aciertos.
Un rosa neón que no parece de este planeta

Cultivar la Pleurotus djamor, o gírgola rosa, fue una decisión que tomé por puro instinto de supervivencia. El invierno pasado me había ido bien con las grises, pero apenas el termómetro rosarino empezó a trepar, mis bloques se pusieron tristes, amarillentos, y dejaron de dar. Me puse a investigar (entre traducciones de manuales técnicos de maquinaria que nada que ver) y descubrí que hay hongos que aman lo que nosotros sufrimos. La gírgola rosa es tropical, y para ella, un departamento a 28 grados es básicamente el paraíso.
Lo que nadie te dice es que el rosa es magnético. Ver aparecer los primeros 'pines' —esos bebés hongos diminutos— asomando por los tajos de la bolsa me dio esa punzada de adrenalina en el pecho que solo me da cuando encuentro un error de traducción justo antes de entregar. Son como corales terrestres. El olor a paja húmeda y bosque que inunda mi habitación cada vez que abro la bolsa de residuos que hace de invernadero casero es mi parte favorita del día. Es un aroma que te transporta lejos del ruido de los colectivos de la calle.
Cuando el calor de Rosario se vuelve tu mejor amigo

A mediados de noviembre, cuando todos en el grupo de WhatsApp se empezaban a quejar de que no se podía dormir, yo estaba secretamente feliz. Miraba mi higrómetro barato —ese que tengo colgado con un hilito y en el que confío más de lo que debería— y veía que marcaba el rango de temperatura óptimo para la fructificación de la gírgola rosa: entre 20°C a 30°C.
Es un cambio de chip total. Con otros hongos tenés que andar inventando cómo enfriar el ambiente, pero acá el secreto es mantener la humedad relativa necesaria en la zona de fructificación, que tiene que estar entre el 80% y 90%. Para lograr eso en un departamento con losa radiante o donde el sol pega fuerte, tuve que ponerme creativa. Mi 'túnel de cultivo' es apenas la mitad del placard forrado en plástico negro, pero adentro el clima es otro. El problema es que vivo en un lugar chico y tengo vecinos con mascotas. El gato del departamento de al lado, un atorrante que aprendió a empujar la puerta de mi placard con la nariz, casi me arruina una tanda por chusmear. Por eso, aunque haga calor, el sistema tiene que estar cerrado y fuera del alcance de narices peludas, buscando siempre cómo mejorar la ventilación del placard para que los hongos crezcan sanos sin que se convierta en un buffet para mascotas.
Dejar de comprar cajitas y empezar a 'cocinar' mi micelio

Hubo un momento, allá por pleno enero rosarino, donde me cansé de depender de los kits que venían por correo. Quería independencia. Quería entender qué pasaba adentro del frasco. Así fue como me topé con el curso de Produccion de Micelio de Setas [El que probe]. Me lo puse a ver un sábado a la noche con un mate que ya se había enfriado tres veces, mientras afuera se largaba una de esas tormentas de verano que no refrescan nada.
Lo que me voló la cabeza fue entender que podía producir mi propio micelio en granos usando cosas que ya tenía o que conseguía a la vuelta. El curso está muy enfocado en gírgolas y orellanas, lo cual me vino de diez porque no se pierde en teorías de laboratorio inalcanzables para alguien que cultiva en un placard. Aprendí, por ejemplo, que la temperatura de pasteurización del sustrato tiene que llegar a los 80°C para eliminar a los competidores. Yo usaba una olla gigante de mi abuela, la misma donde ella hacía el dulce de leche, y me acordaba de sus historias juntando hongos silvestres en el campo. Ella decía que la tierra te da lo que necesitás si sabés esperar, aunque yo no tuviera tierra, sino paja de trigo en una bolsa de consorcio.
La mañana que el verde le ganó al blanco (y la lección de la cuchara)

No todo fue color de rosa (cuac). Una mañana de enero, después de unos diez días de incubación donde yo esperaba ver todo colonizado de un blanco puro, me encontré con una pesadilla. Tuve que tirar tres frascos enteros de granos porque estaban cubiertos de una baba verde oscura y viscosa. Me sentí la peor 'no-bióloga' del mundo. Resulta que, por apurada, usé una cuchara que no había sanitizado bien con alcohol al 70%. Un error de principiante que me dolió en el alma.
Por eso ahora soy casi obsesiva con la limpieza. Si vas a meterte en esto, tenés que leer sobre cómo limpiar el lugar de cultivo de hongos para evitar problemas. No es solo tirar alcohol por tirar; es entender que en el aire de un departamento hay de todo, y tus gírgolas rosas están compitiendo por el territorio. Si el verde gana, perdiste la semana. Pero cuando el micelio blanco avanza rápido (y el hongo rosa es notablemente más rápido que el gris, eso es una ventaja enorme), sentís que ganaste una batalla contra el caos.
Sábados de cosecha y tacos en el balcón
Una tarde pegajosa de febrero, finalmente, llegó el momento. Las gírgolas habían crecido tanto que los bordes empezaban a ondularse hacia arriba. Es el punto justo. La gírgola rosa tiene una vida útil post-cosecha mucho más corta que la gris; si no la comés en el día, se empieza a poner triste y pierde ese color vibrante. Pero para los que cultivamos en casa, eso es lo de menos porque la idea es del placard a la sartén.
Esa noche invité a una vecina (la dueña del gato chusma) y preparé unos tacos. Ella me miraba con desconfianza y me preguntó si eran 'de los que te hacen ver cosas'. Me reí tanto que casi se me cae el mate. 'No, Mabel, estos son para ver el sabor', le dije. Los salté con un poco de ajo y verdeo, y tienen un gusto que recuerda sutilmente al mar, a algo fresco. Ojo, como siempre digo: yo no soy médica ni experta en seguridad alimentaria, solo soy una traductora que cultiva hongos. Siempre identificá bien lo que vas a comer y, ante la mínima duda, consultá con un profesional o alguien que sepa en serio.
Mirando mi rincón del placard ahora, entiendo que mi departamento de Rosario se convirtió en un ecosistema tropical funcional. Mientras la ciudad afuera sigue con su ritmo de cemento y calor, adentro de mi bolsa de residuos sigue ocurriendo el milagro de lo vivo. Si tenés un rincón oscuro y ganas de ensuciarte un poco las manos, producir tu propio micelio es el camino de ida. A mí el curso de Produccion de Micelio de Setas me dio la estructura que me faltaba para dejar de adivinar y empezar a cosechar en serio. Es un viaje de paciencia, mucha limpieza y la satisfacción de comer algo que vos misma ayudaste a nacer entre tus abrigos de invierno.