Crece Hongos

Cómo lograr una segunda cosecha de gírgolas en el mismo sustrato

Segunda cosecha de gírgolas en el mismo sustrato de cultivo casero en el placard

Meto la mano hasta el fondo del placard antes de prender la luz y el sustrato cede menos de lo que esperaba bajo los dedos, ni tan duro como al principio ni tan hueco como para tirarlo directamente. Ese tacto es lo que decide si esta noche lo mando al tacho del pasillo o si le doy una vuelta más para sacar una segunda cosecha de gírgolas del mismo sustrato. Vivo sola en un departamento de un ambiente en Pichincha, y todo mi cultivo casero cabe en medio placard forrado con una bolsa de residuos negra, con un higrómetro chino que quedó pegado con velcro a la puerta desde el primer día. Entre mis abrigos de invierno y ese olor a tierra húmeda que ya no se va del todo, ahí adentro se juega si un bloque que ya cortó su primera tanda todavía tiene algo más para dar.

El sustrato que ya dio todo contra uno que recién arranca

La primera tanda había sido una fiesta: un manojo de sombreros grises que salieron de golpe una mañana fría y me dejaron sin palabras un buen rato. Después de cortarlos, el bloque cambia de otra manera, pierde peso, se siente liviano, casi como cartón seco en vez de esa masa densa y compacta que era al principio. Mi abuela contaba que en el campo, después de una seca larga, con la primera lluvia fuerte los hongos volvían a salir de troncos que parecían muertos, sin que nadie hiciera nada especial para eso. No son las esporas las que siguen esperando ahí adentro, es el micelio mismo, que no se termina porque le cortes el sombrero: sigue comiendo lo que le queda de sustrato, aunque desde afuera el bloque parezca un desierto. La duda nunca es si el hongo sigue vivo, casi siempre lo está, sino si todavía queda suficiente alimento y humedad ahí dentro como para que valga la pena esperar otra ronda.

Sustrato de gírgolas liviano y agotado tras la primera cosecha, antes de la segunda cosecha casera

Un bloque que todavía pesa bastante, que se siente denso cuando lo levantás con las dos manos, casi siempre tiene una segunda tanda adentro esperando. Uno que ya se siente hueco y liviano, en cambio, capaz solo te da un puñado flaco antes de rendirse del todo. Esa diferencia de peso es, para mí, la primera pista de qué camino conviene probar con cada bolsa.

Remojo entero o rociado superficial

Ahí es donde entran las dos escuelas que dan vueltas por los foros de cultivo casero. Una dice que hay que hundir el bloque entero en agua durante horas, el famoso shock hídrico, para simular la lluvia que dispara una nueva tanda. La otra dice que alcanza con rociar la superficie de la bolsa varias veces al día, sin tocar el interior del sustrato. Probé las dos, en bloques distintos, y ninguna me convenció del todo como receta única para todos los casos. El remojo entero funciona rápido si el bloque todavía está denso, pero si te pasás de tiempo el agua se estanca adentro y ahí empieza el problema real: un sustrato ahogado es el lugar preferido de la Trichoderma, ese moho verde que en mi grupo de cultivo llamamos directamente contaminación, porque no hay mucho para discutir una vez que aparece. La humedad relativa que pide el placard para que algo prenda es alta, aunque hace rato dejé de anotar números y ahora voy más por cómo se siente el aire contra la mano.

Bloque de sustrato de gírgolas sumergido en agua para la técnica de segunda cosecha en el mismo sustrato

La otra escuela, la del rociado superficial, es más lenta pero más segura para un bloque que ya viene débil. Ahí entra un aparatito que tengo desde el año pasado: un nebulizador chiquito que tose un par de segundos antes de arrancar en las mañanas de más frío, como si a él también le costara despertarse. Lo uso en los bloques que ya se sienten livianos, porque mojarlos por dentro en ese estado no hace más que pudrir lo poco que les queda.

Rociando la bolsa de cultivo casero de gírgolas para sostener la humedad del sustrato

La vez que el rociador cada hora salió peor que cualquier balde

Hubo una tanda con la que me obsesioné. Le rocié la bolsa cada hora, durante todo un día entero, convencida de que más humedad iba a apurar la segunda cosecha. Al otro día abrí el placard y el moho verde ya estaba ahí, extendido en una esquina como una mancha que no termina de secarse. No fue el remojo el que arruinó esa tanda, fue el exceso de agua superficial sin ningún respiro entre rociada y rociada, algo que ni el balde con la olla de hierro adentro me había hecho nunca. Un micelio sano se ve blanco, firme, casi aterciopelado; ese día lo que tenía delante ya no se parecía en nada a eso. Lavé bien el balde después y me acordé de secarme las manos antes de tocar cualquier otra bolsa, ese mínimo cuidado con la limpieza ayuda más de lo que parece. Tiré todo al tacho, medio avergonzada, sin buscarle mucho más la vuelta.

Dina, de mi grupo de WhatsApp de cultivo en departamento, tiene tres higrómetros de marcas distintas y ninguno le marca lo mismo jamás. Cuando le conté lo del rociador cada hora se rió y me dijo que ella tampoco confía en los números, que confía más en el olor y en cómo se ve la superficie del sustrato antes de tocar nada.

Todavía no sale nada, y lo que falta es aire

Después de decidirme por el rociado suave en vez del balde para esta tanda en particular, pasaron varios días sin que apareciera nada nuevo en la bolsa. Si te pasa lo mismo, no te desesperes todavía: antes de tirar el bloque, fijate si el problema no es simplemente que el sustrato está pidiendo ese estímulo de aire y humedad juntos, algo parecido a lo que me pasó cuando busqué por qué no salen los hongos del kit semanas atrás con otra bolsa distinta. El placard tampoco mantiene una temperatura pareja todo el invierno, así que ahí también hay que ir ajustando un poco a ojo.

Una mañana metí la nariz casi pegada a la bolsa sin querer y el olor ya no era el de siempre: algo a tierra recién removida que la noche anterior no estaba. Ahí abajo, rompiendo el plástico, había puntitos grisáceos del tamaño de una cabeza de alfiler, lo que en los foros llaman el primer pinning, el momento en que el micelio decide que ya es hora. Valentina, la vecina de mi piso, tiene una teoría nueva cada semana sobre por qué contaminan los hongos, y esa vez la suya fue que yo tenía el placard demasiado sellado. No iba tan desencaminada: sin ese intercambio de aire fresco que entra por la rendija de abajo de la puerta, los pines salen estirados y finos buscando oxígeno, algo parecido a por qué mis hongos salen con tallos largos y finos. Un poco de luz cerca de la puerta también ayuda, no hace falta sol directo, alcanza con que el micelio note que hay un afuera: la luz funciona más como señal que como alimento.

Primeros primordios de gírgolas asomando en el sustrato durante la segunda cosecha

Balde para el bloque que pesa, rociador para el que ya no

Con el tiempo terminé quedándome con una regla simple, nada sacado de ningún manual: si el bloque todavía pesa como al principio, va al balde con la olla de hierro encima; si ya se siente liviano, como esta vez, se queda en su rincón con rociado superficial varias veces al día. No es una ciencia exacta, cada especie además pide lo suyo, un shiitake no se maneja igual que una gírgola aunque las tengas en el mismo placard, pero esa distinción de peso me evitó tirar más de un bloque que en realidad todavía tenía una tanda adentro.

La segunda cosecha, al final, salió chica: un puñado de sombreros más oscuros y más firmes que los de la primera vez, como si el micelio hubiera concentrado en menos cantidad todo lo que le quedaba. El ciclo de flush funciona así, cada tanda más chica que la anterior hasta que el bloque de verdad no tiene más nada que dar. Los corté cuando el borde del sombrero todavía estaba enrulado hacia adentro, antes de que se aplanara del todo, que es el punto justo antes de que pierdan sabor. Los limpié con un pincelito, sin pasarlos por agua porque eso los vuelve esponja enseguida, y esa misma noche fueron directo a la sartén con ajo. Si te sobran y querés estirarlos un poco más, siempre podés buscar algunas recetas para cocinar gírgolas frescas antes de que pierdan esa textura. Yo, por ahora, me quedo con la regla del peso en la mano, es lo único que nunca me mintió tanto como el higrómetro. Y si algo en tu bolsa te genera dudas, olor raro, manchas de color extraño, una textura pegajosa que no tenía antes, mejor descartala directamente y no te arriesgues a comer nada sospechoso.

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